Todos los domingos, el patio trasero del Hospital Regional de León se convierte en centro de reunión para un peculiar grupo de médicos.
Pelucas, narices rojas, zapatos grandes y marionetas son las herramientas que los doctores usan para atender a los pacientes.
En sus batas se leen sus nombres: la doctora Risas, la doctora Vitaminas y los doctores Pedorrín y Endorfino, entre otros.
A las 10:30 de la mañana “quien llegó, llegó”, los doctores de la risa deben llevar su dosis de humor a las habitaciones donde se encuentran los pacientes.
A bordo de la “jajalancia” llegan a hospitales, asilos, casas cuna y albergues. Pero esa vez no fue necesaria porque la visita fue en el mismo Hospital Regional.
En el patio hacen un “hoyo negro” en el que los 30 voluntarios que llegaron arrojaron malas vibras, problemas laborales y otras cuestiones personales. Están ahí para alegrar y alegrarse.
Oncología, pediatría, maternidad, emergencias… a todas las áreas estudiantes, amas de casa y profesionistas llevan sonrisas.
Un saludo alegre y un caluroso abrazo cambian el semblante de las personas que esperan en los pasillos.
Las habitaciones que durante toda la semana guardan quietud, están por llenarse de entusiasmo y ganas de seguir luchando. Las camas dejan de serlo y se convierten en “alfombras voladoras” en las que niños y grandes, hombres y mujeres pueden “viajar” olvidándose por un momento de su padecimiento.
No se trata de un espectáculo dentro de las habitaciones. Es llevar a cada paciente de manera personalizada la atención que requieren; una dosis de alegría es lo que inyectan las jeringas de los doctores.
Bocas que sonríen, ojos que se abren en cada una de las camas de las diferentes habitaciones… la misión se está cumpliendo. Un comentario y una sonrisa que nada tengan que ver con su estadía en el hospital es suficiente para cambiar el día de cualquiera.
Mujeres que recién dieron a luz, niños que tienen más de 15 días sin poner un pie en su hogar, bebés que sonríen sin preocupación alguna. De pronto todos ellos ya no padecen nada. De pronto el lugar deja de ser un hospital y se transforma en un lugar de distracción.
Burbujas y un micrófono de juguete es todo lo que necesitan para dar sus propios conciertos.
Los minutos pasan como segundos y después de dos horas de juegos y risas, no queda más opción que volver a la rutina, pero con la esperanza de que el próximo domingo vendrán nuevas satisfacciones.
Comparten experiencias
Llega la hora de atender otra emergencia y regresar al patio trasero del hospital, donde cada uno de los médicos debe entrar a “la regadera”. Otro círculo. Las mismas personas, pero diferentes tras los minutos vividos en el hospital.
Experiencias buenas, risas regaladas a diestra y siniestra, olvido de los problemas: los dadores de alegría comparten lo que se llevan tras dos horas de dar felicidad a cambio de una sonrisa.
Alegría, entusiasmo, fortaleza, caridad y bondad. Son las medicinas que los doctores recomiendan y dejan a los pacientes.
Una vez que todos “regaron” su experiencia, es hora de partir y esperar con ansias la próxima visita dominical.
Labor que cambia vidas
Lo que en un inicio pareció ser una simple curiosidad es hoy una de las grandes motivaciones personales que llevaron al doctor Endorfino a hacer la labor que cambia vidas.
Representante médico por cerca de 30 años, tras jubilarse se vio obligado a buscar algo que le llenara y le inspirara a tener una razón para seguir.
En 2005, inspirado por la película ‘Patch Adams’, se decidió a hacer algo por él mismo y por otras personas: en internet investigó sobre la risoterapia, para posteriormente tomar un curso que fue parteaguas de lo que es hoy la asociación Cuento con tu risa.
Desde que se dedicaba a la venta de medicinas y convivía con los doctores dentro de los hospitales, Héctor Olivares Ramírez (verdadero nombre del doctor Endorfino) sabía que ese lugar para curar enfermos seguiría siendo su casa por mucho más tiempo después de ser jubilado.
Minutos antes de las 10 de la mañana de todos los domingos, Héctor ya se encuentra en la pequeña oficina que el Gobierno del Estado les consiguió dentro del Hospital Regional.
Un escritorio y un buró que sostiene una figura de cerámica que hace alusión al conocido doctor de la risa, es lo único que hay en la oficina.
En los encuentros de voluntarios las reglas son sencillas: todos se tutean y se saludan con un abrazo.
“Aquí todos somos iguales, no hay etiquetas”, dice el doctor Endorfino.
“Es algo voluntario, no todos pueden venir todos los domingos, el día que pueden hacerlo son totalmente bienvenidos”.
Valentía para enfrentar cualquier situación que se pueda llegar a ver, pero sobre todos muchas ganas de llevar sonrisas y alegrías de una manera respetuosa a personas en situaciones de dolor, es lo que se necesita para unirse a los doctores de la risa.
Otro requisito es tomar un curso con valor de mil pesos y una duración de tres días.
Improvisación, técnica de la nariz roja, alternativa del juego, psicología del paciente hospitalizado, comportamiento en hospitales, voluntarios profesionales y expresión corporal son los componentes del curso que ayuda a los voluntarios a ponerse los zapatos de payaso y regalar sólo una cosa: amor.

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